
Vender en la calle no era lo mas ideal, ni el trabajo más perfecto que Leticia esperaba de la vida. Aunque lo hacía con una gracia inconfundible y con una paciencia y agilidad arrolladoras (la gente no se imagina la destreza que se necesita para pararse en medio de vehículos a punto de arrancar a diario sin que nada te pase), no era el oficio más placentero.
A sus cortos 20 y tantos años, Leticia era una perfecta mezcla de raza africana con española, medía unos 5 pies y 4 pulgadas, y su color de piel tostado por el sol del día a día combinaba sigilosamente con sus grandes y almendrados ojos negros. Con unos cabellos que le llegaban hasta la cintura, lacios como la seda, se tongoneaba cada mañana por las calles y avenidas, vendiendo periódicos.
Ciertamente Leticia no era una dama que pasaba imperceptible. Cuando la vi por primera vez con su gorra hacia delante, unos jeans y blusa celeste demangadas, parada en el vehículo de enfrente trabajando, no pude evitar observarla detenidamente. Coqueta por naturaleza, tenía una mirada de que había hecho algo indebido todo el tiempo y esto la hacia más atractiva a las miradas de aquellos que como yo la desmenuzaban con la vista.
Recuerdo ese día cuando al fin decidí comprarle un periódico que la llamé desde el otro lado de la acera mientras manejaba mi vehículo, y ella al oirme cruzó por en medio de los carros rápidamente, yo emocionado pensaba que al fin tendria la oportunidad de hablarle, todo esto hasta que la luz del semáforo se puso amarilla en señal de precaución y ella se detuvo en medio de la avenida e hizo un gesto con las manos de que para otra ocasión sería, y luego abrió estas en forma de cruz, dejó caer los pocos periódicos que llevaba encima al suelo y mientras el viento de los vehículos que pasaban rápida y peligrosamente a su lado le movian el cabello ella inhalaba y exhalaba. Extrana dama esta Leticia.
Pero mi observada dama no era ningún angel caído del cielo. Al transcurrir par de semanas de observarla, descubrí que tenía otro trabajo. Alquilar su cuerpo no era algo con lo que parecía sentirse muy cómoda que digamos, contrario a sus demas iguales de oficio, pero ella lo hacía con ciertos clientes regulares, uno de los cuales lo atendía con una expresión muy particular en el rostro: con esa mirada perdida, risueña e ilusionada de una mujer…. enamorada. Si, Leticia se había enamorado perdidamente. Para mi seguir la historia de esta mujer pasaba a ser fascinante, y el hecho de que mi amigo viviese en la misma avenida de Leticia, me permitió poder vivirla más detalladamente cada vez que lo visitaba.
Esta era la conclusión a la que había llegado: cada ciertos días Leticia recibía una flor de uno de los vendedores de flores,pero no eran de parte de ellos sino de otra persona. Al inicio el hecho de que recibiera estas flores me pareció una extrañeza, pero luego me di cuenta de que esta era la particular forma de comunicación entre ella y su amante!. Cuando ella la recibía miraba y buscaba por todos lados, hasta que al final dejaba todo y se montaba en un vehiculo lujoso, que se la llevaba. Por dos ocasiones Leticia dejaba todo con tanta rápidez y emoción que estuvieron a punto de chocarla por cruzar mientras el semáforo estaba en verde (el amor verdaderamente pone loca a la gente). De igual manera le había dado cordura puesto que ya no atendía a los demás clientes que tenía y ya hasta se rumoraba entre los demás vendedores que ella había dicho que pronto dejaría ese trabajo para irse (con su amante habia supuesto yo).
La curiosidad de saber quien le habia robado el corazón, me intrigaba.Ya me imaginaba yo la historia: un hombre rico, le prometía la luna y las estrellas a mi ingenua Leticia, seguro estaba casado, con hijos/as perro y hasta gato, y disfrutaba de pasar una aventura con ella sin importancia engañándola. Más que equivocado y desviado estaba yo…
Continuará…