Oscar, Vol II.

 

-Es tan ocurrente!, piensa. ¿Y si se me hubieran roto? ¿acaso no piensa?

Oscar molesto inhala profundamente más exhala desanimado, un humo blanco hipnotizante le cubre la cara.

Se huele la ropa, pero huele a lo mismo de siempre. Humo de cigarrillo mentolizado, de 30 pesos, del mismo Supermercado de siempre. Queda cerca de su casa, nunca dejaría de satisfacer su vicio allí.

Cruza la calle, las señales de tránsito en ellas están recien pintadas. Las pisa sin darse cuenta y sus huellas marcan el oscuro asfalto 3 veces, la última vez por mitad, señal de que la pintura ya se borraba de sus zapatos. Igual que el humo de su rostro que ya se ha alejado de él. Se acabó el cigarrillo.

Dos cuadras más abajo y 3 minutos más tarde, mira el reloj y lo observa: pequeño, ojos verdes, no lleva lentes, su pelo es rizado, siempre está feliz andando en su bicicleta y no fuma.

-Oscar! le vocifera!… -Llegarás tarde!… Pero él baja la mirada. Sigue caminando.

El día es diferente, hace frío, está nublado. Huele a pescado, más no hay mar cerca. Deberá hacer muchas cosas hoy, no le dará el tiempo. Los cigarrillos no le alcanzan. Acaba de fumarse el último.

Oscar está nervioso, el Supermercado está lejos, suda aunque hace frío, le duele la cabeza, los lentes aún no le corrigen esa molestia. Debió ir al médico el día de la cita. Necesita fumar, -Perdí mi cita piensa. Quiere fumar. Le duele el brazo izquierdo. Le incan las venas.

Está mareado. Allá a lo lejos ve un puestecito de frutas y recuerda que una vez, allí los había comprado, ¿tendrán del mentolado?… no importa. Sí importa. No importa.

Cruza la calle para dirigirse al puesto y nota a alguien que se parece mucho a su mujer a lo lejos. Todo de repente se le pone negro en sus ojos. El estómago se revoltea, ya no huele a pescado, por fin!. Huele a aire acondicionado. No, huele a suero.

Escucha voces: Cálmate!- y ¿Mi amor estás bien?…

Oscar despierta. Su mujer le pasa la mano por la frente, sigue sudando, tiene fiebre, pero ya no camina, cuatro paredes blancas lo rodean. Está en una cama, al borde de la ventana. Un viento fresco que entra por ellas entreabiertas y un poster con una señal de silencio lo acompañan. Aún piensa que necesita un cigarrillo! de los mentolados, por supuesto. Ama los mentolados.

Una gota fría y fresca moja su cuello. No es el sudor. Es la lluvia. Oscar no tiene sombrilla y por su altura duerme con los pies fuera de su cama.

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Publicado el noviembre 23, 2011 en Un Personaje/Una historia. Añade a favoritos el enlace permanente. Dejar un comentario.

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